Del cielo caía ceniza. Negra, en copos muy pequeños, casi parecía arena. A Adela le costaba respirar. No lograba tomar una bocanada de aire sin que la boca se le llenase de ese polvo negro. Se estaba dando cuenta de que sus fosas nasales estaban colmatadas y que en la boca solo sentía ese tacto polvoriento. No sobreviviría mucho tiempo. Desesperada, intenta moverse hacia algún sitio más despejado. Un simple impulso recorre la distancia que hay entre su muslo izquierdo y su cerebro. Veloz, aprovechando cada conexión nerviosa que encuentra en su camino. Le da a su cerebro un mensaje simple: descarga de dolor sobre el fémur fracturado. Un grito desgarra el ceniciento atardecer, su grito desgarra el ceniciento atardecer. No puede escapar. Entre toses y espasmos comprende que está muy cerca del final, demasiado cerca. En el último instante, antes de sumirse en la oscuridad, siente algo cálido sobre sus hombros.
Pedro eleva el cuerpo liviano de una mujer. Lo eleva, lo sostiene entre sus brazos y lo transporta entre los escombros humeantes, entre la lluvia de ceniza, dejando que su rostro sea cubierto por una capa negruzca. Entra en la carpa, al resguardo de la ceniza que cae sobre la lona. De una forma casi ritual, deposita el cuerpo de la mujer sobre un lecho de mantas blancas. Las mantas se oscurecen al contacto del cuerpo y las ropas de la mujer. Pedro Inicia las labores de reanimación. Despeja sus vías respiratorias, coloca las manos entre los senos de la mujer, ligeramente a la izquierda y empieza a presionar, tres veces. Introduce su aliento en la boca de la mujer, repite la operación. Repite la operación varias veces. No da resultado. Con las manos limpia delicadamente la cara de la mujer. Debería de sentir pena, dolor, depresión. Debería gritar, aullar, hacer jirones su ropa en un acceso de rabia. Pero ni una lágrima va a asomarse a sus ojos. Había amado a esa mujer, la había amado hasta el límite de la locura. Vivía y existía para ella. Pero no lograba sentir ni una pizca de tristeza. Lo único que albergaba en su interior era un sentimiento inmenso de alivio. Despreciándose por no ser capaz de sentir lo mismo que cualquier otro hombre ante la muerte de su amada, cubre el cuerpo con una sábana. Antes de cubrir su cabeza, echa un último vistazo a esos labios que habían sido la causa de tantos problemas y tantas alegrías. Cercano a él escucha el ruido de una aspiración fuerte, seguro que dolorosa. Una aspiración que logra hacerse paso en la tráquea, recorre los bronquios y da a los bronquiolos el aporte de oxígeno necesario para que la sangre nutra a los órganos. Esa aspiración es el sonido de la vida. Una vida que vuelve al cuerpo de una mujer con el fémur fracturado.
